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El poder de la palabra




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La última vez que estuve allí hablé mucho. Tenía que hacerlo. El propósito era desviar la atención, lograr que en esa pequeña mesa hexagonal se olvidara -o al menos no se recordara- un suceso que, en el mejor de los casos, me conducía a un callejón infinito y sin retorno, a un puesto de privilegio entre el olvido y el desdén. La conversación, es claro, era entre dos. Y el objeto de mis desvelos -que no era un objeto- estaba frente a mí, decidiendo si me daría o no una nueva oportunidad.

A-Brasileira

Repito: hablé mucho. Lo hice con gracia, elocuencia y convicción, variando temas y tonos, aferrado a ese salvavidas invaluable que es la palabra. Tiempo después -pasada la zozobra- se me ocurrió pensar que no había sido yo el protagonista de esa noche, sino los fantasmas que habitaban el lugar. Es que en mi labia reconocí una sorprendente variedad de voces, como si cada cuento, cada reflexión y cada giro dialéctico fuera dicho por la persona que mejor los pudiera expresar. ¿Tan fascinante me había vuelto la necesidad? ¿Tan sutil y quirúrgico era yo de un momento a otro? ¿Tan hierático y al mismo tiempo tan lleno de donaire, tan agudo, ducho y festivo? No, ¡por supuesto que no! En aquella efusividad había algo más. Eran -lo vuelvo a decir- los fantasmas del lugar.

Fernando Pessoa es el rey de los heterónimos, esa identidad literaria ficticia, que lleva a un autor a inventar diversas personalidades, cada una con un estilo de escritura propio, cada una con su biografía y su futuro, con sus pesares y sus alegrías, con sus misterios, sus pecados y sus esperanzas. Cada una como si realmente existiera (¡¿y quién podría asegurar que no?!). Álvaro de Campos era un amoral (“…Hice de mí lo que no supe, y lo que podía hacer de mí no lo hice…”). Alberto Caeiro, muerto por tuberculosis en 1915, transformó la poesía portuguesa moderna en un arrebato genial. A Ricardo Reis, Saramago le escribió una novela. Ellos tres -y todos los demás, que suman alrededor de cien- son (y no son) Fernando Pessoa.

Usted, lector atento, ya sabe que estamos en Lisboa. De yapa, en primavera. El café A Brasileira está ubicado en Chiado, tiene mesas en la vereda y sigue siendo -pese a una zonza estatua del autor- el preferido de Pessoa (y vaya uno a saber de cuántos de sus heterónimos). En 1903 era una tienda de café y recién en 1922 se convirtió en este bar que hoy nos sirve para conversar de lo que sea, siempre que respetemos a sus fantasmas, que allí nos ayudan a hablar y también a escuchar (mitad decisiva de cualquier buena charla).

La barra es de madera noble y mármol, combinación irresistible, seductora en su mezcla de calidez y frialdad. El piso en damero -blanco y negro, para continuar la lógica de los contrastes-, nos lleva al fondo de este espacio menos ancho que profundo. Techos artesonados, boiserie y el art déco que hipnotiza casi tanto como la palabra bien elegida. Este es, sin asomo de duda, el lugar adecuado.

Sin importar el tema ni las circunstancias, si estamos en Portugal es lógico pensar en una botella -o dos- de vino verde. Su aguja nos aporta chispa y algo de descaro la juventud de la uva. Lo único que necesitamos para vivir una noche inolvidable es tener (y ser) una buena compañía.

Con los susurros de sus fantasmas, el café A Brasileira nos invita a torcer el destino, a que el más triste de todos los Pessoas no nos ponga en la boca su verso fatal: “Aun la ausencia de ella es una cosa que está conmigo…”.

Nota: quien vivió todo lo aquí expuesto no fue el autor del artículo sino un lector anónimo que aportó su experiencia. Aunque pensándolo mejor, tal vez haya sido un heterónimo del autor.

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