15 de Enero de 2021
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El whisky de los chefs

Por Christian Kent

Atardecer con todos los naranjas y azules. Las calles de la ciudad son ríos de luces. También las ventanas de los edificios se encienden una tras otra. Hay una gigante caja de papas fritas pegada en uno de los lados de un edificio, con papas imaginarias que salen de reflectores amarillos.

A nuestras espaldas, en el Green House de Heineken, en el techo (roof, dicen ahora) del WTC, se cruzan, se abrazan y chocan vasos los cocineros paraguayos. Estamos en la fiesta de reconocimiento al Chapori, por haber alcanzado el puesto número 47 en el Latin America’s 50 Best, esperando el discurso del “mostro”.

Después de las palabras de Teresita Benegas O’Hara, en representación de la Asociación de Chefs del Paraguay y de la ministra de turismo Marcela Bacigalupo, le tocó por fin el turno. El Chapori hizo un raconto de su primeros años en Francia, su regreso a Paraguay para abrir la cocina del Mburicao con Francis Mallman, y sobre todo, dejó muy en claro que un cocinero, para poder alcanzar el sabroso whisky del reconocimiento, primero debe hacer un camino de sacrificios y de incansable laburo. “Nosotros (los cocineros) no somos como la gente que tiene esos trabajos comunes, de ocho horas, que te dejan cuatro horas libres para ver la tele o practicar un deporte”, decía el Chapori en el escenario.

Entrecierro los ojos para ver mejor a lo lejos y sí, es Koldo Pizarro, vestido de civil, con camisa a cuadros y en frente suyo el maestro Jimmy Benítez, también de franco, “business casual”, cada uno con su pinta de Heineken y su platito de bocaditos de Karu. ¡Que buen lugar para sentarse a comer y charlar!

¡Mba’e paje piko ko’a!, pensé cuando un mini pastel mandi’o horneado se abrió en mi boca para descubrir su secreto de hongos de pino. Y para qué luego, me hice un lugar junto a Sergio González, chef de Cocina Clandestina, junto a la mesa de bocaditos y continué hasta donde me permitió el estómago. Otra belleza: las mini humitas presentadas en su chala, con salsa criolla apenas picante. Puedo seguir nombrando: el cordero, el blinis de chipa guasu, el pesto de taja’o con queso paraguái y tomate guavira, la mini burger de pajagua de surubí . Pero basta con decir que el catering estuvo a cargo de Karu, del maestro Ignacio Fontclara, para que se entienda el resto. Mostro también.

En fin, se estaba haciendo cada vez más difícil sostener la política de “muy martes para beber”, el Chapori se sirvió un escocés doble en las rocas como corresponde, por ahí sobrevolaba la idea de un Hendrick’s con pepino, la Heineken chop tampoco paraba de correr. Sobre todo estaba ahí -para aguzar la sed de alcoholes y carcajadas- el deseo de todos de celebrar el éxito de un gran cocinero, que hace magia, no con trufas (aunque su risotto de porcini, por ejemplo, tiene una pasta de trufas fffformidable) y caviar, pero sí con mandioca, con harina de maíz, con batata. Ese mismo cocinero que supo poner en la carta de la buena gastronomía un asado a la olla bien paraguayo, o un pajagua mascada de muslo de pato confitado que se deshace con el tacto de la vajilla francesa de su “Gastró”.

chapori

El momento más honesto

Entregadas todas las placas y medallas. Hechos todos los brindis y los selfies. El Green Garden quedó vacío y por ahí se filtró la idea de una reunión clandé en la casa del Chapori, ¡whisky de los chefs!, para seguir celebrando que con el merecimiento de Tierra Colorada el panorama paraguayo ganó una vitrina fundamental en el escenario global. Una ronda karapé: los Kitchen Labers (André “Big Magic” Magón & Seba “Potoski” Saavedra), la doctora Paola Cardozo, Panzolomeo, el Juanca y este (ni un poco humilde) servidor.

  • Esto es. Este es el momento más honesto de la noche – dice Panza, y yo me alegro de que no haya usado la palabra true, que es como el roof de la sinceridad.

Entre nosotros se pasea una pequeña bestezuela, mezcla rara de tigre y gato doméstico, que es la mascota de Rodolfo: Felino Júpiter. Nuestra presencia le es extraña, se comporta raro, es esquivo, de repente trepa con un par de saltos una palmera para cazar a un insecto que vuelta con torpeza. “Feli, feli”, le llamo, inútilmente, porque al parecer su instinto silvestre le previene de ser una mascota servil y rastrera, como el bulldog enano que apareció minutos después para derretirse en mis pies con la panza arriba.

  • Sabés que Chapori – le digo- voy a si que tomar un poco tu whisky.

En un momento de la noche, cerca de las dos serían, Rodolfo tira la idea: “No hay pio un delivery de carne por ahí a esta hora”. Obviamente, dos de los muchachos se encuadraron para ir a comprar las tapas y costillas. Una carnecita improvisada en la parrilla de Chapori no es algo para tomar a la ligera. ¿De que otra manera se puede acabar una noche como la que estoy narrando? Buenos amigos, algún trago, una carne a la parrilla; de eso nomás luego se trata, ahí está el karaku de la gastronomía, en el arte de compartir buenos momentos.

Hoy es miércoles, un misterioso rugido recorre mi estómago y a pesar de los esfuerzos no logro alisar mis ojeras, pero tengo el dichoso recuerdo de haber podido compartir ese momento único con uno de los cocineros que más admiro y quiero. Vaso bien en alto, sabemos que nunca laburó por los premios, y sí por amor incondicional a la cocina, brindamos por un premio que se siente de todos nosotros. ¡Salud Rodolfo Angenscheidt, por toda la magia que está por venir!

16 de Noviembre de 2016

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