27 de Enero de 2021
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La logia de los ramenistas

La logia de los ramenistas

Por Christian Kent

La perfección es solo un punto de referencia; aspirar a ella, por poco probable que sea, nos acerca a la belleza de las cosas. Cuando uno le pide a un plato la perfección, es como si pusiera ante él una lupa y comenzara a fijarse en las cosas pequeñas, y en esas otras, que son invisibles. No se trata únicamente de dominar una fórmula, una manera “correcta” de hacer las cosas o una técnica, sino, sobre todo, de poner el alma, el corazón y las entrañas en cada ingrediente. Después de una noche de intensos vinos, Alejandra, fiel escudera, y yo, fuimos a reparar nuestro espíritu a Combitos, restaurante taiwanés, que, por influencia de cierta doctrina espiritual, sirve platos exentos de carne, de ajo y cebolla. Entre otras cosas, ordenamos una sopa ramen; sin sospechar todavía, que en su aparentemente fortuita naturaleza, pero en verdad equilibrada y pensada, encontraríamos la expiación de todos nuestros abusos. Primero sorbimos el fideo; aprovechando que los modales orientales lo permiten, con toda la música. Luego fuimos con precisión de médico cirujano, usando los palillos, al shiitake, a los tallos de hongo curados, al bok choy que podían estar flotando en el caldo como cobijándose bajo la pasta. Y por último, levantando con ambas manos el cuenco, sorbiendo poderosamente, recordando quizás las severas advertencias de mi madre cuando era chico, dejamos que la sopa fluya dentro de nosotros y nos inunde de un bienestar inefable. Ese fue el comienzo de lo que nuestro amigo Marcelo, maitre del restaurante, llamaría jocosamente “La logia de los ramenistas”. Hermandad que con el correr de los días fue engrosando su lista de practicantes, y, también, volviéndose más exigente con las características de sus ritos. A tal punto que emprendimos, en el pequeño local taiwanés, lo que conocemos como “La revolución del huevo”; a partir de la cual la unidad primera de la logia se desintegró en distintas tendencias: defensores del poché, del duro, del pasado por agua y los conservadores, es decir, los que hasta ahora luchan por mantener la vigencia del huevo frito tal y como sirve la casa. Sabemos que todo comienzo es siempre ingenuo; es por eso que en los primeros tiempos los ramenistas devorábamos la sopa sin prestar mayor atención a las infinitas lecturas que esconde. Hasta que Mauro, un ramenista independiente, nos recomendó la película japonesa “Tampopo” (1985), que, como deben suponer, gira en torno a esta sopa, que, más que una sopa, es un Universo, una constelación. En una de las primeras escenas de Tampopo, el maestro enseña al discípulo como comer el ramen (Hacé click acá para ver la escena). También nosotros, como los personajes de Tampopo, en el calor poco propicio de Paraguay, comenzamos a buscar nuestro propio rito; que, en verdad, nunca fue más que un juego, una confabulación de niños grandes. Volviendo al comienzo de la nota, a pesar de que no estábamos sino divirtiéndonos, entre todos nosotros, los ramenistas, comenzamos a aprender muchas cosas. A tomarnos un tiempo, a mirar el caldo y comprender que en él está concentrado un mundo amplio, poblado de historias, de sacrificios, de amor, días de sol y de lluvia, de alegría y de tristeza, de paciencia y de enojo. La perfección que buscamos, o, a ver, que busco yo por lo menos, no tiene nada que ver con la infalibilidad, con que todo sea invariablemente prolijo, sino con encontrar ese plato que cada vez que se posa enfrente de nosotros nos cuenta un cuento distinto y, por lo mismo, nunca deja de emocionarnos.

23 de Diciembre de 2016

Rodrigo Silvero

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