29 de Noviembre de 2021
¡Adiós, Santiago querido!

setecientasCaminar por las calles de la ciudad en la que nací, rodeada de cerros, de cordillera, de flores y recuerdos, de calles aun sin caminar, me llena siempre de una inconmensurable emoción y de ese sentimiento indefinido y claro a la vez que es la saudade. Tan cerca y tan lejos... Lejos al fin.

Volver a Santiago es una impostergable caminata por el parque forestal, flanqueado por el río Mapocho y sus impecables jardines, donde predomina el plátano oriental con sus grandes hojas que asemejan a las de la vid, que en otoño se vuelven casi carmín, como las del Carménère.

Su extensión va a lo largo de los barrios Lastarria, Bellas Artes y el centro histórico. Bajé de la estación de metro Manquehue hasta la Universidad Católica; el sistema de orientación en Chile funciona de Norte a Sur y de Este a Oeste, por una cuestión de geografía. En un breve recorrido, al estilo Amelie Poulain, entro por Victorino Lastarria entre callejas serpenteantes. Lastarria siempre ha sido unos de los barrios bohemios de la capital. Ya a la salida del metro me cruzo con unas veggie burgers callejeras. Paso por flores, hippies, antigüedades, higos y alcachofas; sigo el recorrido y, dada la revitalización que se inició en los años 90, oigo voces italianas, alemanas, inglesas que se mezclan con los más coloquiales modismos.

El entorno es de casonas antiguas, cuyas fachadas datan del siglo XIX, que han sido cuidadosamente preservadas. A mi derecha, una pequeña y hermosa librería; un poco más allá el Emporio la rosa, donde además de sus ricos helados encuentras productos gourmet dentro de un estilo de almacén de barrio y donde también podemos tomar un desayuno con unas marraquetas, el pan corriente de Chile o el equivalente al pan trincha en concepto; a este le ponemos palta o lo acompañamos con una paila de huevos de campo revueltos. Sigo hasta llegar a Merced y entro al parque; lo recorro, de poniente a oriente y a poniente de vuelta.

setecientas2El objetivo era llegar al Bocanáriz. La hora me daba para bajar hasta el centro, pasar por el Bellas Artes a ver una muestra sobre los pueblos mapuches que me interesaba, y volver a sentarme en este bar-restaurante que por seis años consecutivos ha sido premiado por tener una de las mejores cartas de vino del mundo por la Wine Spectator y con el cual mi Terroir y yo tenemos al menos unas 200 etiquetas en común, lo cual me llena el alma.

En el Bocanáriz, una sonrisa te abre la puerta de entrada; en ese sitio se respira vino. El segundo hogar para los que denomino “curiosos del vino”, y también para los apreciadores de la buena mesa.

La carta es de lo más jugada y creativa. Está construida, no por entradas, ni primeros ni segundos, sino en base a sabores y descripciones organolépticas; yodado, cítricos, cremoso, herbáceo, agridulce. La lista de vinos está escrita en una de las paredes, donde se pueden apreciar los cientos de etiquetas provenientes desde lo largo y ancho de Chile. En la carta no te ofrecen catas ni degustaciones, te ofrecen vuelos, así que me elijo un vuelo blanco costero, comprendido por tres copas —Tabali Talinay Sauvignon Blanc, del valle de Limarí; Loma Larga; Lomas del Valle Chardonnay, del valle de Casablanca; y De Martino Gallardia Blend, del valle de Itata—  cuya misión sería acompañar divinamente mi idea fija del momento: la de comerme unos buenos erizos frescos en salsa verde. Y allí estaban ellos en la opción de yodado junto a una Trilogía de ostras y una Ensalada de algas que, en buen chileno, estaban “más ricos que la cresta”. Los vuelos ofrecidos son la opción superlativa para poder recorrer valles y estilos de vino, como entrecordilleras, costeros o vinos de autor.

Este bar, creado por dos mujeres enólogas, comprende un equipo de sommeliers que están de salón a cocina. Ningún detalle queda al aire. Para finalizar, el respectivo café y la cuenta que me la trae el jefe de salón junto a la invitación de bajar a la cava; más allá de unos pocos desconocidos, el momento fue como estar en casa. Así que, como reza el dicho: “Si a Chile vino y no toma vino, ¡a que chuchas vino!”.

1 de Julio de 2018

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