12 de Mayo de 2021
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El poeta dice la verdad

90dd389ced444400c1b6b7f122f8b7bfVi pasar al lado mío un cucurucho que tenía adentro un triángulo de helado. No era esa bocha infame que algunos establecimientos se animan a vender, ni tampoco un cucurucho trabajado con la gracia de una paleta de acero inoxidable, que es la manera tradicional y aceptada de servir un helado. Era —repito— un triángulo de helado metido adentro de un cucurucho.

Asumí enajenación mental transitoria, justificada porque desde hacía un par de días que venía obsesionado con tomarme un helado. Para mi sorpresa —y mi tranquilidad—, al rato vi pasar otros tres cucuruchos con el mismo relleno. Y, enseguida, un cuarto y un quinto. Comprendí que yo no estaba loco y que, a juzgar por la cantidad de cucuruchos rellenos de triángulos de helado que me rodeaba, tampoco lo estaba el cerebro detrás de tan extraño invento.

Los cucuruchos —sus orgullosos dueños— venían de frente. Deduje que, siguiendo la estela imaginaria, llegaría hasta el local, que sería la mejor heladería del mundo o la peor de la historia. Esta idea que parece tan radical, era la única posible ante la visión de esos triángulos y aquellos cucuruchos. El dueño era un genio o un chapuzas; no quedaba otra.

Caminé ufano, un poco porque cada paso me acercaba a mi destino, y otro poco porque estaba en Granada, en una luminosa noche de primavera, y mi única obligación era conmigo mismo, y consistía en tomarme uno, dos o catorce helados.

IMG_20180327_180039_329En febrero de 1936 se celebraron las últimas elecciones de la Segunda República Española. Fueron las últimas porque, como sabemos, en julio de aquel año estallaba la guerra civil. Entre una cosa y la otra —es decir, en el peor momento histórico posible— un italiano de Venecia montaba una heladería en Granada. La llamó La Veneciana, y fue un éxito. Un éxito, es claro, contra toda lógica. Recuerde, querido lector, que dentro de poco, allí mismo, en Granada, van a asesinar —el verbo no es caprichoso— a Federico García Lorca. “¿No ves la herida que tengo / desde el pecho a la garganta? / Trescientas rosas morenas / lleva tu pechera blanca.”

Los nazis practicaron en España su futura empresa, Robert Capa disparó su cámara con precisión de francotirador, Hemingway pergeñó su novela y Ramón Mercader comenzó los estudios superiores que lo llevarían a asesinar a Trotsky. Y mientras todo esto pasaba, La Veneciana —que por decisión popular hoy se llama Los Italianos— siguió vendiendo los cucuruchos con triángulos de helado, que estoy a punto de probar porque ya presiento el número 4 de la Gran Vía de Colón. Otra vez García Lorca: “Lo que no sospechaste / vive y tiembla en el aire”.

El local es largo y estrecho. Su longitud es tan generosa que tiene salida por la otra calle, la de Abenamar. En su flacura solo tolera la barra y un par de mesas diminutas. Tres arañas art déco iluminan el espacio, que está siempre impecable. La barra es de acero inoxidable y mármol, casi tan larga como el local y a la altura justa para todos: los altos pueden ver cómo se abren las tapas de cada sabor, los medianos apoyamos los codos para simular paciencia y los niños procuran treparse, buscando acelerar la mano mágica que les bajará el cucurucho.

¿Qué pasó con el triángulo de helado? En mi serena caminata había recordado mis lecciones de geometría, para entender que se trataba de un triángulo acutángulo isósceles, el más elegante de todos. Esta certeza hizo aún más inquietante la espera (Los Italianos, por supuesto, siempre está lleno). El triángulo resultó una porción de torta helada con el cucurucho como envase, ¡una idea genial que no se le ocurrió ni a la bruja de Hansel y Gretel! De estas tortas había tres o cuatro variedades —todas exquisitas—, y a ellas se sumaban decenas de sabores voluptuosos servidos a la usanza tradicional —nuez, turrón, gianduia, pistacho, avellana— y algunas copas especiales de nombres sugestivos.

Recuerdo que quise ser pulpo, agarrar de a ocho los cucuruchos que despachaban las diligentes señoritas de blanco. Como solo tengo dos manos, comí cuatro helados en un par de tandas, sabiendo que al despuntar el día volvería por más. Tiene razón Federico, “la vida es amable”.

4 de Junio de 2018

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