29 de Noviembre de 2021
Este año que raudo pasó, mucho dejó y mucho llevó.

Estuve hablando sobre el 2017 con gente de diversos ámbitos. Todos coincidieron en que ha sido un año ruidoso, alborotado, dinámico.

Los cierres de ciclo -que dan lugar a nuevos ciclos- llaman a la reflexión, al análisis, a los cambios; algunos necesarios, otros indispensables.  Nos invitan a marcar y trazar nuevas rutas, con el fervor de querer andarlas.

Este último mes tuve la fortuna de encontrarme con una lectura vital y apasionante que me compartiera una amiga muy querida. Era una noche con velo de melancolía. Yo puse el vino, ella las copas.

Entre que abría la botella, por un lado, y partía unos corazones de alcachofa en dos, por otro, toma un libro de su biblioteca y comienza a leer: “No hay lugar más mágico para partir en busca del tiempo perdido que una bodega en la que, si uno sabe saborear el alma de un vino, puede tener acceso al tiempo recobrado” (Michel Onfray).

29 de Diciembre de 2017

Alacarta

Hablar del tiempo es, probablemente, lo que más tiempo nos consume en la vida, esa que pensamos eterna. Es hablar de algo que no existe, aunque su paso desvanecido deje marcas, huellas, risas y llantos.

La botella que descorchamos fue de un vino sencillo, y uno de mis favoritos para tertulias: Haras de Pirque Eqqus Cabernet Sauvignon, del 2010, que saqué de mi refugio para la ocasión y que -para las letras que surgieron- no pudo ser más apropiado.

La lectura siguió en modo aleatorio por los distintos capítulos del libro, en donde se describen procesos, pasares, emociones y la vida misma desde su estructura, desde la tierra, desde el Cosmos. Habla de una filosofía de la naturaleza, de contemplar el mundo; un mundo sin tiempo diría yo, ese que condiciona.

Todo aquello me remontó a la primera columna que escribí para Setecientas, hace ya varios años, en la cual, como ejercicio personal, establecí por escrito los preceptos que me movieron y me urgieron a echar letras sobre lo que para mí es el mundo del vino. A simple vista podría parecer hasta banal, pero nace de la necesidad de una visión holística; la de romper compartimentos y hablarlo desde una integración con el todo, más allá de un mero resultado y de lo netamente placentero.

“Beber un vino es absorber átomos de lluvia y de sol, de nieve y de hielo, que perfuman lo que uno ingiere. Beber un vino es absorber los átomos del trabajo de los campesinos, que perfuman lo que uno ingiere” (Onfray).

La comunión con lo que nos rodea es algo que aprendí hace muchos años, cuando un día le dije basta a la vorágine tonta del cotidiano y me detuve a mirar más allá de la necesidad inmediata, que no deja de serlo nunca y se vuelve cada vez más inmediata y efímera.

La inmediatez nos hace perder de vista lo tangible y lo que ha estado ahí, frente a nosotros, por largo tiempo; lo que se ha mantenido y perdura aun hoy, en el presente, como regalo

Esta columna, que nunca ha pretendido ser técnica, es esto. Es lo que el apuro a veces no nos permite ver. Siempre habrá buenos, malos o mejores, eso es indiscutible, pero lo que no debemos perder de vista es el presente que vivimos en cada respiro, en el viento que nos roza la cara y en el cálido sol que nos quema la misma.

“El presente, que también se ajusta a la ley del tiempo, por supuesto, parece no ser más que un instante furtivo en el cual se juega esta metamorfosis del futuro en pasado, pues todo pasado resulta ser un ex futuro que ya fue”.

Buen presente para todos los que leen Setecientas y que sea próspero, que nos permita proyectarlo más allá de sí mismo.

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