27 de Enero de 2021
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Sofía Hepner, recetas de la abuela Michèle

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“El arte”, según Paul Gauguin, “es plagio o revolución”. Seis palabras que encapsulan la vocación del avant garde. De este mismo Paul Gauguin, Sofía Hepner tiene dos o tres lámparas, su correspondencia con el pintor y escritor post-impresionista Émile Bernard, y un busto, todos regalos del pintor a su bisabuelo Maurice Malingue, quien compiló y editó “Paul Gauguin: Cartas a su esposa y amigos”. Maurice fue el padre de Michèle, quien además de abrir una sala de teatro en Londres con su esposo Leon Hepner y co-dirigir la galería de arte Agora en París junto a su hermano Daniel, terminó en Paraguay en 1984, fundando la galería Michèle Malingue.

La abuela Michèle tuvo una vida exagerada, de esas que en inglés puede ser descrita como “larger than life”, o casi casi de ficción. La hermana mayor que cuidó a sus hermanos escondidos en las montañas de Francia durante la ocupación Nazi se transformó en una socialité gravitando entre París y Londres durante los ‘60 y ‘70: “Tenés que ver los álbumes de fotos: el maquillaje, la ropa, los tapados de piel, la gente. Mi abuela le conoció a mi abuelo Leon —un judío que se escapó de la Unión Soviética con diamantes escondidos en el taco de la bota— en el tren de París a Londres. Ella le vio y se puso nerviosa, al punto que se tapó la cara con el diario. Mi abuelo se acercó y le dijo ‘Madame, su diario está al revés’. Se casaron meses después. Te voy a decir quién era mi abuela: ella no se lavaba la cara con agua de la canilla. Abría una botella de Evian y se salpicaba el agua sobre un cuenco de plata”, cuenta Sofía.

Michèle aprendió el oficio de galerista dirigiendo Agora con su hermano Daniel en París. La galería ahora se llama Daniel Malingue, y está entre las tres mejores de Francia y las cincuenta mejores a nivel mundial. Sofía recuerda que su tío llegó un día a la casa y como si nada anunció que acababa de vender un Picasso por una suma millonaria. A inicios de los ‘80, Michèle llegó a Paraguay para quedarse. Dos años después llegó su hijo Daniel Hepner, y juntos abrieron la galería Michèle Malingue desde 1985 hasta 1992: “Todos dicen que esa fue la época de oro del coleccionismo paraguayo. Organizaron muestras de Edith Jiménez, Koki Ruiz y Michael Burt, entre muchos otros artistas. Venía gente de Brasil a comprar arte. Mi abuela incluso organizó una expo de litografías de Chagall; aquí se vendieron tres y en São Paulo se vendieron cuarenta. Yo crecí con todo eso. Mi abuela me sentaba en su regazo, abría un libro y me mostraba lo que le gustaba y lo que no, y por qué”.

Con solo 25 años, Sofía también tiene una galería de arte, Hepner, que abrió sus puertas hace poco más de seis meses con una exposición de afiches vintage de la colección de su abuela. Le siguió una expo de Enrique Collar, uno de los mejores artistas paraguayos contemporáneos. Estudió Art Management en la Universidad de Palermo en Buenos Aires, y está satisfecha con su decisión: “Toda la vida dibujé. A los 18 me planteé: o voy a París a estudiar Bellas Artes o estudio Art Management. Decidí tirarme hacia la gestión y me sienta, porque soy una organizadora. No puedo creer que haya gente que no sepa qué es el Museo del Barro. Mi intención desde la galería es promocionar el arte, que la gente vaya y que la escena crezca”.

La abuela Michèle también tenía maña para la cocina. Su mousse de chocolate era legendario, tan así que el papá de Sofía le prohibió divulgar la receta. “Todo lo que cocinamos en casa son recetas de mi abuela. Son cinco o seis platos que preparamos todas las semanas: boeuf bourguignon, lomito a la manteca y tomillo, bavarois de ciruela, tarte Tatin”. Así como absorbía arte, absorbía también la cocina sentada sobre el mostrador viendo cómo se preparaban las recetas que hoy se guardan en una caja de lata, escrupulosamente indexadas en categorías. Vivir sola en Buenos Aires también le otorgó ese curso gratuito de cocina de supervivencia, pero Sofía insiste que por más simple que sean los ingredientes que usa, tienen que ser buenos: un buen pan, buenos quesos, tomate y buen aceite de oliva, por ejemplo. Como ahora vive en la casa de su abuela con su familia, las exquisiteces no faltan: la colección de no menos de diez sales exóticas, las mostazas, el queso que el amigo de su padre trae de Francia, los vinos de guarda. El cerdo a la cerveza con papines al vapor aterriza en la mesa, completa con cubiertos de plata, candelabros y platos de porcelana. Como no podría haber sido de otra manera para la abuela Michèle.

21 de Agosto de 2015

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