18 de Enero de 2022
Que la lata no te engañe

En los fugaces pero educativos viajes que hice al Viejo Continente, hubo algo que siempre me llamó la atención, sobre todo en Inglaterra: los ingleses preferían siempre disfrutar sus lagers favoritas en lata. Soy una de esas puristas que profesan y defienden el consumo en botella, con el argumento de que gracias al vidrio la cerveza sabe mejor. Me era pues difícil entender como los ingleses, que tienen una larga y rica tradición cervecera, caían en esta incongruencia.

Debo confesar que mi fe en las botellas fue masacrada por una cruda verdad: la cerveza en lata se conserva mejor y, por lo tanto, tiene mejor sabor.

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Dónde comenzó la lata...

El origen de la cerveza en lata se ubica en las trincheras de la Segunda Guerra, donde, por su fácil almacenaje y conservación, era ideal para los soldados. Al principio las latas se usaban exclusivamente para las comidas, hasta que les llegó el turno a las bebidas y, particularmente, a aquella que más nos interesa.

La compañía Gottfried Krueger Brewing, junto con American Can Company, sacaron al mercado, en el año 1935, la primera lata de cerveza con tapón a rosca. Y esto lo cambió todo.

Las latas, herméticamente cerradas, impiden la entrada de oxígeno. A la vez, el metal no deja pasar luz, o rayos de sol, que son agentes que pueden deteriorar considerablemente el aroma, sabor y color de una cerveza.

Es mejor si las botellas son de vidrios oscuros -marrones o verdes-, pero aún así traspasan algo de luz, lo cual, como ya dijimos, daña el producto. Tampoco las tapitas de chapa pueden garantizar que no haya una entrada, por el motivo que sea, de oxígeno.

Existe la creencia (una de aquellas que yo también profesaba) que el aluminio de la lata puede aportar sabores metálicos desagradables a la cerveza, pero esto no pasa de ser un prejuicio.

Antiguamente se usaban el acero, el estaño e incluso el plomo para enlatar y con ello llegaban los típicos sabores a tubería, hasta que se empezó a enlatar con aluminio, con un revestimiento de polímero que mejora mucho este aspecto, pero aporta la desventaja de que pueda dejar sabores químicos a la cerveza.

Los hops de Charlie

Durante un viaje relámpago a Newbury para visitar a unos amigos, estos me ofrecieron una lata amarilla con la intrigante ilustración de un hombre tatuado; nunca había tomado esa cerveza, y todos coincidían en que era la mejor cerveza que probaron en sus vidas. La Charlie Wells Dry Hopped es una cerveza de estilo; la que tomamos aquel día con mis amigos era una pilsener lager artesanal, tan refrescante y lupulosa que nuestro paladar nos pedía siempre más. El gusto a toronja, el lúpulo herbario y fresco que olía a miel, melón y papaya se convirtieron en un amor obsesivo; mientras que sus burbujas ascendían en nuestro paladar con una elegancia inaudita, pues es una cerveza de carbonatación ligera, que deja en la boca una amargura moderada, aunque un intenso sabor gracias al largo acondicionamiento en frío con lúpulo seco añadido después de la fermentación. Entendí, luego de unos sorbos, que estaba frente a una Señora Lager.

Five o’clock birra

Los días de oficinas son intensos; darse el gusto con una cerveza es un derecho adquirido para nosotros, seres enblaquecidos por las luces fluorescentes, pero el amor a las cervezas británicas de gran porte, como lo es la IPA de Charlie Well, es siempre algo que cabe destacar. Sabores cítricos a limón y aroma de fruta oscura, fruta tropical, malta y el amargor equilibrado entre e los lúpulos Golding, New World Galaxy y Simcoe añaden complejidad al sabor y le dan un cuerpo ligero; que hacen de esta cerveza una IPA refrescante especial para cerrar un arduo y largo día laboral.

20 de Abril de 2017

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